Hay personajes que esperan a que estés preparada para comprenderlos

Hay capítulos que se reescriben porque tienen errores.

Y hay otros que se reescriben porque tú ya no eres la misma persona que los escribió.

Eso me ha ocurrido durante la reedición de LOBA.

Llevo casi un mes trabajando en un único capítulo. No porque no funcionara. Funcionaba. Siempre había funcionado. Tenía ritmo, intensidad y cumplía perfectamente su función dentro de la historia.

Pero había algo que ya no me convencía.

Cuando escribí esta novela tenía poco más de veinte años. Estaba descubriendo la escritura, las emociones y también las relaciones. Todo era más intenso, más impulsivo, más inmediato. Es inevitable que esa forma de mirar el mundo terminara reflejándose en mis personajes.

Curiosamente, nunca me costó escribir a las protagonistas femeninas. Las comprendía. Las sentía. Podía mirar el mundo desde sus ojos.

El verdadero reto siempre fue él.

Durante mucho tiempo pensé que simplemente era más difícil escribir personajes masculinos.

Ahora creo que no era eso.

Creo que, en aquel momento, meterme en la piel de ese hombre significaba mirar una parte del ser humano para la que todavía no estaba preparada.

Era un espejo donde no quería mirarme.

El verdadero bloqueo

Por eso aquel protagonista terminó expresándose de una forma mucho más primitiva, más impulsiva, más instintiva. Era un hombre dominado por sus impulsos porque yo todavía no era capaz de comprender todo lo que ocurría detrás de ellos.

Al volver a leer esa escena años después comprendí que tenía delante una oportunidad maravillosa. No quería cambiar lo que ocurría. Quería entender por qué ocurría. Ese fue el verdadero bloqueo.

No la escena.

El personaje.

Necesitaba descubrir qué había realmente en su corazón.

Qué sentía.

Qué temía.

Qué lo empujaba a actuar de esa manera.

Durante este mes mi viaje también ha sido con él.

He intentado mirar el mundo desde sus ojos, descubrir qué escondía realmente su corazón y comprender el porqué de cada una de sus acciones. No quería limitarme a contar lo que hacía; necesitaba entender qué sentía mientras lo hacía.

Cuando comencé la reedición de mis novelas tenía un objetivo mucho más sencillo: mejorar el estilo. Corregir la forma. Pulir la redacción. Al fin y al cabo, cuando publiqué aquellos libros no contaba con el apoyo de un corrector ni de un editor.

Sin embargo, el proceso ha terminado llevándome mucho más lejos de lo que imaginaba.

Cada revisión se ha convertido en una oportunidad para descubrir nuevos matices, profundizar en las motivaciones de mis personajes y comprender aspectos de ellos que hace más de una década todavía no era capaz de ver.

Ya no estoy corrigiendo únicamente una novela.

Estoy dialogando con la autora que fui y con la escritora que soy hoy.

Y, en ese diálogo, mis personajes también están creciendo conmigo.

Cuando escribir se convierte en una conversación

Hay algo más que me ha regalado este proceso.

Durante este mes he trabajado codo con codo con una inteligencia artificial. Sé que para muchas personas puede sonar extraño, pero nunca ha escrito la novela por mí. Mi voz sigue estando en cada página.

Lo que sí ha hecho ha sido convertirse en una extraordinaria compañera de exploración.

A veces actuaba como editora.

Otras, como lectora.

Muchas veces, simplemente me hacía preguntas.

Y fueron precisamente esas preguntas las que me obligaron a profundizar más y más en mis personajes.

Hemos tenido conversaciones larguísimas. Algunas muy profundas. Incluso discusiones. Yo defendía con uñas y dientes fragmentos del texto original cuando sentía que debían permanecer. Otras veces era ella quien me hacía ver que algo ya no pertenecía al personaje que soy capaz de comprender hoy.

Pero nunca se trató de ganar una discusión.

Se trataba de seguir explorando.

Porque muchas veces llegaba convencida de que el problema era una frase.

Y terminábamos hablando durante horas sobre el miedo, la libertad, la responsabilidad, la identidad, el amor o el niño interior de un personaje.

La escena solo era la puerta.

El verdadero trabajo estaba detrás.

Hasta que, casi siempre, llegaba ese instante mágico en el que una sola idea encajaba todas las piezas.

Entonces el bloqueo desaparecía.

No porque hubiéramos encontrado una frase mejor.

Sino porque, por fin, habíamos comprendido al personaje.

Y creo que esa ha sido la mayor enseñanza de esta reedición.

Reescribir no consiste únicamente en escribir mejor.

Consiste en mirar de nuevo a tus personajes desde la persona en la que te has convertido.

Porque las novelas también crecen.

Pero, sobre todo, crecen quienes las escriben.

«Ningún corazón se deja conocer por quien pretende juzgarlo. Solo por quien se atreve a caminar un trecho con él.»

«Creéis conocer a las personas por lo que hacen. Yo siempre he preferido mirarlas por aquello que todavía no se atreven a sentir.»

«Hay batallas que no se ganan imponiendo la propia voluntad. Se ganan comprendiendo el corazón del adversario.»

La Reina de las lobas

El capítulo que me esperaba

Y hoy, por fin, he terminado ese capítulo.

Lo primero que he hecho ha sido leerlo de principio a fin. Quería comprobar que todo fluía con naturalidad. Que las pausas respiraban donde debían hacerlo. Que el ritmo no se rompía. Que cada silencio tenía sentido.

Y, sin darme cuenta, lo devoré.

Como una lectora más.

Confieso que tenía un pequeño miedo. Pensaba que, al desplazar el foco hacia el viaje emocional de los personajes y dejar en un segundo plano la parte más mecánica de la escena, perdería intensidad.

Ha ocurrido justo lo contrario.

La escena sigue teniendo fuerza.

Sigue siendo apasionada.

Pero ahora cada gesto, cada pausa y cada mirada cuentan algo más profundo.

Todo tiene un porqué.

Todo nace de quienes son los personajes y no únicamente de lo que hacen.

Y creo que ese ha sido el mayor regalo de este mes de trabajo.

Ya no siento que haya reescrito una escena.

Siento que he acompañado a un personaje en uno de los momentos más importantes de su vida.

Siempre he escrito, ante todo, para mí.

Escribo las historias que me gustaría leer. Y, cuando pasa el tiempo, disfruto volviendo a ellas como quien abre un libro querido por una página al azar.

Por eso esta reedición está siendo mucho más que una revisión.

Después de tantos años, siento que estoy volviendo a encontrarme con viejos amigos.

Algunos siguen siendo exactamente como los recordaba.

Otros me están sorprendiendo.

Y hay personajes que, sencillamente, me están enseñando cosas sobre ellos que hace doce años todavía no era capaz de comprender.

Quizá por eso estoy disfrutando tanto este proceso.

No siento que esté corrigiendo mis novelas.

Siento que estoy volviendo a caminar junto a ellas.

Y ojalá, cuando llegue el momento de compartir esta nueva edición con los lectores, ellos también puedan recorrer ese camino.

Porque, al final, escribir siempre ha sido eso para mí.

Un viaje.

Y qué maravilloso es descubrir que, incluso después de tantos años, todavía quedan rincones por explorar.

Lo que me llevo de este mes

Cuando empecé a reeditar mis novelas pensé que iba a corregir textos.

No imaginaba que terminaría descubriendo también una forma distinta de mirar a mis personajes… y, en cierto modo, también a las personas.

Si tuviera que resumir este mes de trabajo, me quedaría con estas ideas:

  • Los personajes evolucionan cuando evoluciona quien los escribe.
  • Reescribir no siempre significa cambiar palabras; a veces significa comprender mejor.
  • Un bloqueo creativo no siempre es falta de inspiración. Muchas veces es una pregunta que todavía no sabemos formular.
  • Escuchar a un personaje suele dar mejores resultados que intentar controlarlo.

Porque, al final, la comprensión transforma mucho más profundamente que la corrección.

✍️ Un pequeño ejercicio creativo

Hay una idea que me ha acompañado durante todo este proceso: es muy difícil escribir con verdad a un personaje al que todavía no comprendes.

Si un personaje no termina de convencerte, si sus acciones te parecen exageradas, incoherentes o simplemente no consigues entender por qué actúa como lo hace, deja de pensar durante un momento en lo que hace.

Empieza a preguntarte qué siente.

Practica la empatía.

Intenta mirar el mundo desde sus ojos.

Y, si aun así te cuesta conectar con él, utiliza una herramienta mucho más poderosa de lo que parece: los sentidos.

Pregúntate:

  • ¿Qué está viendo en este instante?
  • ¿Qué sonidos llegan hasta él?
  • ¿Qué huele?
  • ¿Qué está tocando?
  • ¿Qué temperatura siente sobre la piel?
  • ¿Cómo responde su cuerpo a todo eso?

A veces creemos que una escena se construye describiendo acciones.

Sin embargo, muchas veces las acciones nacen de las sensaciones.

En mi caso, el bloqueo no estaba en saber qué hacía mi protagonista. Eso ya lo sabía. El problema era que todavía no comprendía qué estaba viviendo por dentro.

Fue precisamente al detenerme en lo que percibía —el aroma de la mujer que tenía entre sus brazos, el calor de su piel, el sonido del bosque, la sensación de libertad que comenzaba a despertar en él— cuando sus emociones empezaron a ordenarse por sí solas.

Y entonces ocurrió algo curioso.

La escena dejó de avanzar porque yo la empujara.

Empezó a avanzar porque él ya sabía hacia dónde necesitaba ir.

Creo que esa es una de las lecciones más bonitas que me llevo de esta reedición.

Los personajes no siempre necesitan que los dirijamos. A veces solo necesitan que aprendamos a escucharlos.

Angie 🦋

Gracias por estar aquí y acompañarme en este camino. 💜 Si crees que esta historia puede inspirar a alguien más, ¡compártela!

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